Se apodaba antes «El Apuñalador», hoy es instrumento del Señor para que otros conozcan que «hay esperanza en Jesucristo»

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Siendo uno de los pandilleros más temido y violentos de una ciudad de EE.UU, su vida dio un rumbo radical cuando encontró el amor de Dios a través de las rejas de una cárcel.

Conocido como “El Apuñalador”, Isaías Blancas de pequeño vivía en El Paso, Texas, y la infidelidad y abandono de su padre lo marcaron a tal punto de querer volverse uno de los más temidos de la violencia armada en su comunidad con solo 9 años.

«Quería mucho a mi papá. Y para mí, él era como mi todo, así que cuando se fue, me quebró», contó añadiendo que muy pronto las calles eran su vida al ser echado de casa por su madre por querer involucrarse con las pandillas.

«Estaba aterrorizado. Tenía mucha ira dentro de mí. Ya no me importaba y mi corazón se heló», recordó sobre ese momento.

«Fue entonces cuando me decidí, voy a ser uno de los pandilleros más violentos que El Paso jamás haya visto», contó él sobre sus planes con solo 14 años, que lo llevaron a las peleas, robos y abusos de drogas para poder ser aceptado en las pandillas.

«Me convertí en lo que realmente anhelaba ser, que era un pandillero temido, alguien que era realmente respetado», dijo sobre el apodo con el que ya todos le conocían y temían “El Apuñalador”.

Con casi 20 años su esperanza de tener una vida mejor y que ésta fuera de la delincuencia ya había desaparecido, pues ya le importaba poco si vivía pues “había aceptado que iba a morir en las calles”; dos veces en la cárcel desataron lo peor de él mismo, especialmente la segunda ocasión.

«Y terminé haciendo lo mismo que siempre hacía, ya sabes, golpear a la gente, romperle las costillas a la gente, incitar a peleas, disturbios, cosas mucho más horribles que eso, ya sabes, No me importaba si moría.

No me importaba nadie. No importaba. Como si no me importara. Estaba haciendo tantas cosas mal y si moría, moría», explicó detallando que una vez tras las rejas fue puesto en confinamiento solitario y en lo único que podía convivir con otros era con los cultos dentro de la cárcel, cada dos semanas.

Pero en cada servicio en el que participaba siempre cuestionaba la existencia y el amor de Dios, pues para todo lo que había vivido se preguntaba si realmente el Señor lo amaba tal y como decía, «Yo no creía en Dios punto. Si hubiera un Dios amoroso, ¿cómo podría permitir que todo esto me sucediera?», expresó.

Tal punto empezó a cambiar cuando conoció a la capellán Gina, alguien como él que creció dentro de las pandillas y afortunadamente había sido rescatada de allí; usando su mismo lenguaje ella tuvo la valentía de acercarse a él y hablarle fuerte para hacerle ver que si había una salida y esperanza también.

«Recuerdo que Gina se me acercó a la cara, así de cerca y gritando, gritando, dijo: ‘Estás dispuesto a morir por eso, ¿qué crees? Bueno, yo también estoy dispuesto a morir, pero por La pandilla de Dios. Me fui ese día pensando, ‘esa señora es diferente'», dijo.

Semanas más tarde uno de sus compañeros sufrió una sobredosis y vio a Gina mostrar un amor tan genuino y único que jamás había experimentado.

«Ella estaba abrazando a este chico, llorando, orando por él y realmente me dejó alucinado porque nunca había visto un amor así. Amor genuino por personas como nosotros, ya sabes, por los quebrantados, por los heridos, por los perdidos. No pude evitarlo», recordó.

Entonces esa muestra de amor le hizo ver en la clase de persona en la que se había convertido y por ello comenzó a dudar si habría esa clase de amor de Dios para él.

«Yo era una persona horrible, alguien que no merecía la gracia, después de todo el mal que había hecho. ¿Podría este Dios realmente usar a alguien como yo que está quebrantado?», cuestionó.

Él espero volver a Gina y le hizo esa misma pregunta y la respuesta fue la confirmación de que el amor de Dios no tiene límites ni se condiciona.

«Y ella dijo: ‘Sí, lo hará. Te usará para Su gloria. Vino por personas como tú, para lo peor de lo peor’. Y entonces, en ese momento abrí mis manos y dije si este Dios del que hablas me ama, entonces aquí estoy, le daré mi vida a Él. Y le di mi vida a Dios ese día”, confesó.

«Quiero que sepan cuán grande es mi Dios y que hay esperanza en Jesucristo», Concluyó

Nada es imposible para Dios,por esta razón debemos orar siempre, sabemos que la salvasión viene de Dios para cada persona

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